La sostenibilidad en eventos: entre el discurso y la realidad
Por Jorge Hurlé Palacio.
“En eventos hablamos mucho de sostenibilidad. Pero aplicarla de verdad es otra cosa.”
En los últimos años, la sostenibilidad se ha convertido en una palabra imprescindible en el sector de los eventos. Está en las propuestas, en los dosieres comerciales, en las memorias de impacto y, por supuesto, en el discurso institucional. Sin embargo, cuando bajamos al terreno operativo, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hasta qué punto esa sostenibilidad es real?
Del compromiso a la ejecución
Hablar de sostenibilidad es relativamente sencillo. Implementarla, no tanto.
La mayoría de proyectos parten de una intención genuina: reducir el impacto ambiental, apostar por proveedores responsables, minimizar residuos o fomentar prácticas más éticas. Pero en la práctica, esas intenciones se enfrentan a una realidad compleja donde entran en juego variables como el presupuesto, los plazos de producción, las exigencias del cliente o la disponibilidad de recursos.
Aquí es donde aparece la brecha: entre lo que se quiere hacer y lo que realmente se puede ejecutar.
Las decisiones que no se ven
Uno de los grandes errores al evaluar la sostenibilidad de un evento es centrarse únicamente en lo visible: materiales reciclables, eliminación de plásticos, catering de proximidad o merchandising eco-friendly.
Sin embargo, muchas de las decisiones más relevantes ocurren “detrás del escenario”:
- Elegir un proveedor local frente a uno más económico pero menos responsable
- Reducir transporte logístico aunque implique mayor complejidad operativa
- Ajustar el diseño para minimizar residuos, aun sacrificando impacto visual
- Renunciar a ciertos elementos por su huella ambiental
Estas decisiones rara vez forman parte del relato final del evento, pero son precisamente las que marcan la diferencia entre una sostenibilidad estética y una sostenibilidad real.
El coste de hacer las cosas bien
La sostenibilidad no siempre es la opción más barata ni la más cómoda. Y ahí reside uno de los principales puntos de fricción del sector.
Apostar por soluciones sostenibles implica, en muchos casos:
- Incremento de costes
- Mayor tiempo de planificación
- Necesidad de proveedores especializados
- Renuncias en creatividad o espectacularidad
Esto obliga a organizadores, agencias y clientes a tomar decisiones incómodas. Porque la sostenibilidad, cuando es auténtica, exige priorizar criterios que no siempre son los más rentables a corto plazo.
Criterio frente a tendencia
Otro riesgo evidente es caer en la sostenibilidad como tendencia, más que como criterio estratégico.
No se trata de “hacer algo sostenible” para poder comunicarlo, sino de integrar la sostenibilidad en la toma de decisiones desde el inicio del proyecto. Esto implica asumir que no existe el evento 100% sostenible, pero sí eventos más conscientes.
Y ahí entra en juego el criterio profesional: saber dónde actuar, qué priorizar y hasta dónde es viable llegar en cada proyecto.
El equilibrio necesario
El verdadero reto del sector no es alcanzar la perfección, sino encontrar un equilibrio honesto entre viabilidad y responsabilidad.
Un evento sostenible no es aquel que cumple todos los estándares teóricos, sino aquel que:
- Analiza su impacto de forma realista
- Toma decisiones coherentes con sus objetivos
- Evita el greenwashing
- Integra mejoras progresivas en cada edición
En definitiva, aquel que entiende la sostenibilidad como un proceso, no como una etiqueta.
Más allá del discurso
El sector de los eventos está avanzando, pero de forma desigual. Conviven proyectos profundamente comprometidos con otros donde la sostenibilidad sigue siendo más narrativa que práctica.
La evolución real dependerá de varios factores: la presión de clientes y asistentes, la profesionalización del sector, la regulación y, sobre todo, la capacidad de asumir que hacer eventos sostenibles implica cambiar la forma de trabajar.
Porque la sostenibilidad no se construye con intenciones, sino con decisiones.
Y muchas de ellas no son fáciles.